El escritor y profesor de psicología de la universidad de Stanford Jamil Zaki dice en su libro «The War for Kindness»: «Tenía ocho años cuando mis padres comenzaron a divorciarse, pero doce cuando terminaron. Nacieron a diez mil millas de distancia: mi madre en el sur de Perú, cerca de la frontera con Chile, mi padre en Pakistán. La universidad de Washington celebró una recepción de bienvenida para sus académicos internacionales donde se conocieron. Se casaron y se mudaron a los suburbios de Massachusetts, donde nací. Pero a medida que se sintieron más cómodos con Estados Unidos, se sintieron menos cómodos el uno con el otro. Mi padre fundó una empresa de hardware informático y trabajaba dieciocho horas al día. Su sueño americano culminó en un Mercedes beige y una enorme casa color melocotón, cosas que a mi madre le parecieron grotescas.
Después de no ver mucho a mi padre durante algunos años, decidió verlo aún menos. Cuando mis padres se alejaron el uno del otro, quemaron la tierra entre ellos. Viajé de un lado a otro entre sus casas, pero bien podría haber estado moviéndome entre universos paralelos, cada uno definido por sus propias prioridades, miedos y quejas. Mientras estaba en la casa de mi mamá, aprendí las reglas que gobernaban su corazón y su mente, e hice ellos son verdaderos para mí. Cuando visité a mi papá, me adapté a su mundo. Fue un trabajo duro. Como tantos hijos de divorciados, fui empujado en diferentes direcciones por una fuerza centrífuga. A veces era difícil saber en qué creía. Pero aprendí a sintonizarme con cada una de las frecuencias de mis padres, y logré mantenerme conectado con ambos, incluso cuando sus lazos entre ellos se desintegraron. De esos días he aprendido una de las lecciones más importantes de mi vida: como funciona nuestra capacidad de empatía»
Para entender cómo funciona la empatía, imaginemos un par de lentes que funcionan como sensores térmicos, pero captan la emoción en lugar del calor corporal. Podrías ver, en infrarrojos brillantes, cómo la ira, la vergüenza y la alegría florecían dentro de las personas. Si siguiera mirando, vería que los sentimientos no se quedan en ninguna persona. Cuando un amigo llora en frente tuyo o te cuenta una historia hilarante, su voz y expresiones saltan por el aire entre vos y tu cerebro, cambiándote en el proceso. Asumís sus emociones, decodificas sus pensamientos y te preocupas sobre su bienestar. En otras palabras, empatizas. La mayoría de la gente entiende la empatía como más o menos un sentimiento en sí mismo, siento tu dolor, pero es más complicado que eso. La «empatía» en realidad se refiere a varias formas diferentes en que nos respondemos unos a otros. Estos incluyen identificar lo que sienten los demás (empatía cognitiva), compartir sus emociones (empatía emocional) y desear mejorar sus experiencias (preocupación empática). No puedo saber con certeza cómo experimentas el color azul, y mucho menos exactamente cómo te sientes cuando estás emocionado o asustado. Nuestros mundos privados se giran entre sí en órbitas vacilantes, pero nunca se tocan. Cuando dos personas se hacen amigas, sus mundos se acercan cada vez más. La empatía es el superpoder mental que supera la distancia. A través de ella, viajamos a los mundos de los demás y hacemos conjeturas sobre cómo se siente ser ellos. Una cantidad impresionante de tiempo, lo hacemos bien. Al escuchar a un extraño contar una historia emocional, podemos describir cómo se siente con considerable precisión. Al vislumbrar una cara, podemos intuir lo que disfruta una persona y cuánto se puede confiar en ella. El papel más importante de la empatía, sin embargo, es inspirar bondad: nuestra tendencia a ayudarnos unos a otros, incluso a costa de nosotros mismos. La bondad a menudo puede parecer un lujo: la máxima habilidad blanda en un mundo difícil. Desconcertó a Charles Darwin. Según su teoría de la selección natural, los organismos deberían protegerse a sí mismos por encima de todo. Ayudar a los demás no encajaba en esa ecuación, especialmente cuando arriesgamos nuestra propia seguridad al hacerlo. Como escribió Darwin en The Descent of Man, «El que estaba dispuesto a sacrificar su vida ... en lugar de traicionar a sus camaradas, a menudo no dejaba descendencia que heredara su noble naturaleza».
El libro más vendido de la historia, la Biblia relata eventos que son extremadamente concordantes con los estudios más prestigiosos sobre el asunto de la empatía. En primer lugar, dice que tanto amó Dios al mundo, que entregó a su hijo único para que tomara forma de hombre y habitara entre nosotros. Dado que la empatía es el poder de acortar las distancias entre los individuos, no es casualidad que Dios quisiera ponerse en nuestros zapatos. Y dado que la amistad acerca nuestros mundos, el hecho de que su hijo enfatizara «no los llamaré siervos sino amigos», era evidentemente intencional. Nosotros fuimos esos extraños que contábamos la historia emocional que el quiso escuchar. Nuestros rostros fueron los que Dios mismo quiso ver para intuir lo que disfrutábamos. Y esa empatía, su habilidad blanda más sobresaliente, es la que nos hace afirmar casi unánimes que Dios es Bueno. Siempre Bueno. Es increíble la similitud de la vida y obra de Jesús de Nazaret con las conjeturas de Darwin: el que estuvo dispuesto a sacrificar su vida, no dejó descendencia. El punto más alto de la pirámide de necesidades de Maslow, el de la trascendencia, tirado por la borda. El psicólogo estadounidense se sentiría brutalmente confundido.
La Biblia está repleta de frases tales como: «yo tengo pensamientos de bien hacia ustedes» «planes de bien para darles el futuro que esperan». Declaraciones estremecedoras como «aunque tu padre y tu madre te dejaran, yo no te dejaría» Aunque sus palabras denotan una apasionada cercanía, también revelan un inconmovible respeto. Por ejemplo, cuando Jesús dijo «estoy a la puerta y llamo, si alguien abre, entraré y cenaré con él» dejó en claro que la puerta de nuestras vidas, nunca presentarán signos de violencia de su parte.
En un mundo egocéntrico, Jesús es una fuente con recursos propios que sacude todo nuestro sistema de valores y creencias. En su vida, obra, muerte y resurrección comprobada por más testigos que ningún otro hecho histórico, encontramos la conexión espiritual y emocional más sorprendente y profunda que podamos imaginar. El Dios invisible, nos dice que no somos invisibles para él; más aún, nos llama la pupila de sus ojos, sus hijos, su especial tesoro. ¿Como no llenarse de expectativas ante algún rastro de su presencia?
Rodrigo Campagnolo - https://charlasfunenses.blogspot.com/2020/08/notas-sobre-la-empatia.html
Comentarios
Publicar un comentario