Hay una Argentina víctima de la destrucción del sistema industrial, cuya crisis se remonta a fines de la década de 1960, que se afinca en un conurbano bonaerense superpoblado por la migración interna proveniente del interior del país en la primera mitad del siglo XX. Hijos y nietos de aquellos obreros industriales también pueblan las zonas carenciadas de otros centros productivos en decadencia, como los contornos de Rosario, Córdoba o Mar del Plata.Gobiernos populistas o de centroderecha, en el kirchnerismo como en el macrismo, dejaron a millones de personas sin destino laboral o con un horizonte acotado a la changa y el cuentapropismo precario. Es ahí donde, más por necesidad extrema que por conveniencia, anida la idea de un Estado que debe darlo todo, no solo la educación, la seguridad y la salud. No es un mensaje exclusivo de gente empobrecida, también es una cultura de la ventaja y el subsidio que puede escucharse en sectores empresarios importantes. Ese país del conurbano tiene una fuerte empatía con la Argentina del interior profundo, la que jamás vivió años de esplendor industrial como el Gran Buenos Aires. Es en las provincias del norte y también en las de la Patagonia más austral donde se configura una cultura que hace creer que todo dependerá siempre de lo que reparta el Estado (municipal, provincial o nacional).La franja central de la Argentina expresa otro país, el país rural cuya conducta fue impuesta por la necesidad de valerse por sí mismo frente al clima y a mercados globalizados desde siempre.
Por S. Suppo (fuente La Nación)
Por S. Suppo (fuente La Nación)

Comentarios
Publicar un comentario