Últimamente, se ha puesto de moda en el habla una antigua expresión, remozada por disciplinas actuales como el coaching. Se trata del concepto de “la zona de confort”, que hace referencia al estado mental y de comportamiento por el cual evitamos asumir sobresaltos y riesgos en nuestras actividades y rutinas cotidianas. Tomamos así una conducta que nos garantiza cierta tranquilidad y seguridad, pero que, a su vez, limita nuestra capacidad de crecimiento y desarrollo personal y profesional, al eludir la posibilidad de experimentar nuevos desafíos, experiencias e incentivos. Podríamos trasladar esta inquietud a nuestra vida religiosa personal y comunitaria, ¿no? De hecho, fue el mismo papa Francisco quien, hace unos meses atrás, nos planteó la necesidad de salir de “nuestra zona de confort religiosa” porque la evangelización exige esfuerzo, iniciativa y novedad. E incluso, fue más allá al afirmar que “la evangelización no se hace desde la comodidad del sofá” y basándose en “teorías”, sino dejando hacer al Espíritu Santo, porque el estilo adecuado es ir hacia las personas y estar muy cerca de ellas, partiendo siempre de las “situaciones concretas”, casi “un cuerpo a cuerpo” que se hace con la vida y la palabra. Y para lograrlo, nos indicó “tres palabras clave” para comprender hasta el fondo el sentido y la forma de evangelizar: “es el Espíritu que empuja” y nos dice “levántate”, “acércate” y “parte de la situación”, como a Felipe (Cf. Hech 8, 26-40). Estar en salida; ir; ser cercanos a la gente; y partir no de las teorías, sino de las situaciones concretas. Tres actitudes tan importantes como necesarias para recordar y poner en práctica, sobre todo, cuando nos envuelven la comodidad de nuestro templo, la sacristía y el salón de reuniones.
Son fiestas y rituales de renovación y purificación Cristianas pero con orígenes paganos. Con anterioridad al Cristianismo, en el continente europeo se festejaba la llegada del solsticio de verano (el verano). “Los días se van haciendo más largos, (lógico, hablamos en el hemisferio norte), se desarrolla la vida de las plantas y animales, y en el solsticio de verano se encendían fogatas de fiesta a la puesta del sol, que permanecían encendidas hasta su nueva salida, para abolir para siempre la oscuridad, SÍMBOLO DEL MAL (recordamos que Dios es luz)…En esa noche mágica, como en Nochebuena, se produce la comunicación entre el mundo profano y el mundo sagrado. Desde nuestra duración temporal, una transitoria brecha nos permite comunicarnos con lo trascendente.. Los cultos populares son propios para el sincretismo, y esto permite que se vinculen entre sí ritos opuestos. El sentido purificador del fuego se mesclaba con el rito estival de la fogata. Los CRISTIANOS PUSIERON ...

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