Esa misma paz de Jesús sobre la que nos habla el evangelio de hoy, es también la que nos imparte el sacerdote en el rito de conclusión de la misa. Después de la bendición final, el celebrante nos indica que “podemos ir en paz”; consigna que, incluso, parecen querer cumplir al pie de la letra aquellos que, raudamente, abandonan el templo de modo apresurado por el apuro que tienen por irse… ¿no?
Pero, volviendo a la despedida del celebrante, cabe preguntarnos: ¿qué sentido tiene esa despedida tan particular que se nos brinda en cada liturgia? Puede que para algunos, esas palabras sean la ratificación de haber cumplido un compromiso, una regla, tipo: “listo, ya cumplí con mi deber, ahora me puedo ir tranquilo…” y a otra cosa. Para otros, quizá sea algo así como la “garantía” de que esa paz de Jesús les servirá para “aislarse” de los problemas y dificultades que se les presenten una vez que hayan salido de la iglesia o a lo largo de la semana entrante, y afirmen: “yo quiero vivir en paz, lo que pasa alrededor mío no me importa”. No obstante, puede que también para muchos, esa despedida sea lo que debería ser: un envío a la misión. ¿Cuál? La de ir, en la paz de Cristo, hacia afuera del templo. A llevar y compartir toda la riqueza de lo que hemos asimilado, comulgado y celebrado, al mundo en que vivimos. Ojalá que también ello ocurra con nosotros y sintamos que, más que un cierre, cada despedida de la misa es un “puente” permanente entre la eucaristía y nuestra vida cotidiana. Y que siempre podamos ir, como discípulos de Jesús y en paz, allí donde más necesiten de su Palabra.
Pero, volviendo a la despedida del celebrante, cabe preguntarnos: ¿qué sentido tiene esa despedida tan particular que se nos brinda en cada liturgia? Puede que para algunos, esas palabras sean la ratificación de haber cumplido un compromiso, una regla, tipo: “listo, ya cumplí con mi deber, ahora me puedo ir tranquilo…” y a otra cosa. Para otros, quizá sea algo así como la “garantía” de que esa paz de Jesús les servirá para “aislarse” de los problemas y dificultades que se les presenten una vez que hayan salido de la iglesia o a lo largo de la semana entrante, y afirmen: “yo quiero vivir en paz, lo que pasa alrededor mío no me importa”. No obstante, puede que también para muchos, esa despedida sea lo que debería ser: un envío a la misión. ¿Cuál? La de ir, en la paz de Cristo, hacia afuera del templo. A llevar y compartir toda la riqueza de lo que hemos asimilado, comulgado y celebrado, al mundo en que vivimos. Ojalá que también ello ocurra con nosotros y sintamos que, más que un cierre, cada despedida de la misa es un “puente” permanente entre la eucaristía y nuestra vida cotidiana. Y que siempre podamos ir, como discípulos de Jesús y en paz, allí donde más necesiten de su Palabra.
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