El ánimo social argentino tiende a ser ciclotímico. Transcurren años de cierta euforia hasta que volvemos a ser rehenes del desencanto y la desilusión. Hay motivos, porque la declinación de la Argentina en el concierto de las naciones es indisimulable, medida por cualquier indicador comparativo. Además, tampoco se puede disimular el crecimiento sistemático de la pobreza, la indigencia y la marginación. En las depresiones del ánimo colectivo, como si la decadencia fuera inexorable, se retroalimentan mitos paralizantes. Aquellos que la sabiduría popular traduce como «es lo que hay» o «por algo será». Mitos que debemos y tenemos que desarraigar para empezar a plantear una alternativa superadora que nos devuelva la esperanza futura. Hay mitos paralizantes de nuestro desarrollo económico y social: uno ellos es el mito de la Argentina rica. La Argentina fue rica a principios del siglo pasado; hoy no lo es, aunque lo sigamos declamando. La Argentina tiene una base importante de recursos naturales, eso le da algunas ventajas relativas, pero no la hace rica. La riqueza de un país, la que permite pagar salarios dignos y mejorar el nivel de vida de la población, depende de la productividad de los recursos humanos y del capital invertido. En el largo plazo, la productividad total de los factores está dada por la tecnología y la innovación, es decir, por el conocimiento. Los países que generan más valor agregado y pagan mejores salarios son los que más incorporan conocimiento a la materia prima. Es lo que los hace ricos. Vamos a empezar a exorcizar el mito de que somos ricos cuando aprendamos a vivir de acuerdo con nuestras posibilidades a partir de un ordenamiento fiscal y un nivel de gasto público consolidado que nos permitan sostener presupuestos equilibrados . Vivimos desde hace décadas por encima de nuestras posibilidades, lo que nos lleva a los barquinazos cíclicos que terminan con las explosiones periódicas de las cuentas públicas y externas. Peor aún, el mito de la Argentina rica paraliza el verdadero debate sobre la creación de riqueza y de nuevos empleos que demanda consensos básicos. Hay rasgos contradictorios en nuestro bagaje cultural, pero la cultura no nos condena al subdesarrollo. Cuando prevalecen los rasgos que describe Discépolo en la letra de su famoso tango Cambalache, se arraiga el mito que nos convence de nuestra incapacidad de enmendarnos (nos asumimos incorregibles). El «todo es igual» de «Cambalache» se enanca en la cultura de la anomia, que abreva en el ancestral «se acata pero no se cumple» El sistema político cruje y, frente a la crisis, vuelve el «que se vayan todos» .En el libro Cómo mueren las democracias, los profesores de Harvard Levitsky y Ziblatt, nos recuerdan que los consensos más sólidos para forjar el futuro se construyen entre adversarios políticos tolerantes. «La democracia es un trabajo extenuante» , sostienen …Argentina, por estos días está agrietada y fanatizada en grado extremo, estamos a años luz de la tolerancia. Todo esto es una muy mala señal para el país y la democracia.. Necesitamos un punto de inflexión en la Argentina decadente y entrampada en el corto plazo, necesitamos acuerdos básicos que traduzcan un nuevo proyecto argentino para el siglo XXI. Es tiempo de exorcizar los mitos de nuestra resignación. Las redes echadas por nuestros caprichos salen vacías, en cambio siguiendo la voluntad de Dios se multiplican los peces.
(fuente D. Montamat -La Nación)
(fuente D. Montamat -La Nación)

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