Notre Dame no se incendió, hasta donde se sabe, por obra y
desgracia del terrorismo islámico ni de los "chalecos amarillos",
sino probablemente por el pequeño descuido de un albañil o de un restaurador.
La idea es sencilla, pero insoportable. Necesitamos culpables presos, y tal vez
una metáfora que nos salve de la mediocridad del oscuro accidente y de la
grisura general del destino humano. A modo de consolación va entonces una
figura, sea cual fuere su significado: lo que
ardío en París fue la mismísima identidad de Occidente.
Por: Jorge Fernández Díaz
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